Si hay una cosa que me da mucha vergüenza es abrir regalos. No sé el porqué de esta circunstancia, si se debe a un trauma infantil con Papa Noel, a que los Reyes Magos me trajeron un año carbón (¿se atrevieron?) o a que alguna vez me regalaron algo muy feo y lo pasé fatal disimulando. No lo sé.
El caso es que nada me horripila más que abrir un regalo en público, por eso, cuando hace unas semanas vinieron a verme parte de las niñas y me dijeron «tenemos una carta para ti», me eché a temblar cuan larga y fofa estoy, temiendo como siempre que fuera lo que fuese no me iba a gustar y se me iba a notar en la cara.
Las niñas son la prueba de que aquel que dijo que a partir de los 30 es difícil encontrar amigos no debió vivir más allá de los 26. Compañeras de trabajo que han demostrado y han estado siempre que las he necesitado y que han hecho que Madrid se convierta en un hogar por fin.
Habían subido a verme de manera improvisada ya que, en lugar de estar dos semanas enviando y recibiendo docenas de emails para poner de acuerdo al personal, el día anterior y a bocajarro me dijo Olatz «mañana te vamos a ver».
Y vinieron. Y encima con «una carta para mi«. Me pellizqué por si me había teletransportado a un programa basurilla de tele5 o antena3, pero no, seguía en el salón de casa con Olatz danzando hacia mí, sobre en mano, y Eva e Irene sin apartar sus ojos ¿burlones? de mí.
Ya sé lo que va a ser– pensé para mis adentros- otro pase para un spa. Sabía que les tenía que haber dicho que JS me habia regalado uno. Tanto quejarme de mis dolores de espalda y ahora no sé cuando voy a poder gastarlos. Jo, ¿no podrían haber pensado en un bolso? ¿o un fular, unos pendientes, un broche…? ¡Unos zapatos! ¿No se meten siempre con mis zapatos? ¡Por qué no han pensado en algo así! Pero nada, un día en un spa… lo estoy viendo…
Y sin más demora, preparé mi cara de circunstancias, respiré hondo y lo abrí.
Y me puse a llorar.
Como una niña.
Como una tonta.
Sin creérmelo.
Sin comprender.
Entre mis manos, dos entradas para el concierto de Shakira que se celebraba una semana después.
Dos entradas de las que llevaban agotadas desde el mes de julio.
Dos entradas que mis vacaciones adelantadas me impidieron comprar sencillamente porque cuando salieron a la venta no me enteré.
– Pero ¿cómo? ¿cuándo? ¿Por qué? – No atinaba a plantear una pregunta completa.
– Nos hemos tirado a la piscina y había agua – dice una
– ¿No era esto lo que querías? ¡pues aquí está!- sonríe otra
– Tus deseos son órdenes para nosotras… no es el regalo típico de recién parida…pero…
Pero es el mejor regalo, sin duda, y la mejor sorpresa también.
Mis niñas, mis niñas guapas, no se habían olvidado de una de mis ilusiones y entre eso y los contactos de Olatz… ¡Y yo deseando que fueran unos zapatos!
Natalia, Bea, Eva, Irene y Olatz. Os quiero, preciosas.
Nota: Y para los que están convencidos que no tengo vergüenza ni en mi casa hay almirez... probad haciéndome un regalo…veréis el corte que me da… 🙂
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qué bonito!!! se me ha puesto la piel de gallina! da gusto contigo, qué agradecida. mereció la pena ver tu cara, llorando como una niña pequeña. un beso gordo! Eva