A menudo mis deseos se visten de un único color, el tuyo. Impregna mis mañanas, baña las solitarias siestas, las tardes efímeras, las noches eternas. Me cala en los huesos,
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Merece la pena estar solo si es para encontrarse a uno mismo. Si es para escucharse, para conocerse, para quererse un poco más. Merece la pena arrodillarse si es para
De pequeña me llamaban muchísimo la atención los disfraces. Entonces no eran tan comunes, al menos no en mi casa, y un vestido que fuera «de verdad» como el de
Me tocas con las manos el escote Me metes sin saber entre dos rejas Yo no quiero que seas mi Quijote Ni pedirte explicaciones si me dejas. Acaricias descuidado mi cintura Ese gesto que contiene una promesa, Y desatas hábilmente la locura – Quitémonos la ropa que me pesa. Me miras y me olvido de olvidarte Se cruza un gemido en mi garganta, Murmuras a mi oído lo que quieres La fuerza del deseo me atraganta. Me tocas con las manos el escote Me pides susurrando: – Estate quieta Yo no quiero que me busques de rebote Ni sentir que me muero cual Julieta. Photo by ian dooley on Unsplash
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