La mordida esta vez había sido mortal, y todo el desencanto y toda la pena, viajaban por sus venas consumiendo y arrasando tras de sí cada resquicio de felicidad.
La amargura le lamía las entrañas, el orgullo machacado reclamaba protagonismo en su interior.
Pero ella hacía esfuerzos sobrehumanos para no dejarlo hablar. Para no dejar que el impulso acabara con lo poco que le quedaba de dignidad.
La mordida era mortal, y lo sabia.
Su cuerpo yacía inerte sobre la cama.
Supuraba llanto y dolor, cuando nadie la miraba.
…
Buscó la manta porque sintió los pies fríos.
Ya había pasado todo, incluso el tiempo.
Y de aquel mordisco solo la cicatriz helada, y la imposibilidad absoluta de volver a creer en él.
