He sido adicta al facebook.
Lo reconozco. La red social fue abriéndome el apetito por conocer más de los demás, por compartir más, por comentar… Y fue ganando terreno y tiempo mi vida en facebook a mi vida real.
Ahora que he puesto orden y prioridad en mi vida ya no me asomo tanto y cuando entro me resulta extraño el sitio que antes me era tan familiar.
Me encuentro los «com-partidos políticos» críticas sarcásticas y con poca objetividad en uno u otro sentido y color.
Los chistes groseros y fáciles, a modo de juego de palabras, que en pequeñas dosis tenían gracia pero llegan a saturar.
Los «dale a me gusta» por esta niña que tiene cáncer, o para que operen a esta pobre mujer, o si alguna vez te has sentido enamorada, o si te parece fatal que se utilice el pellejo del cuello de un pájaro para hacer cantimploras…
Las condenas a la violencia de género, a la pederastria, a la homofobia, al hambre en el mundo, al maltrato animal… Todos ellos con imagen incluida, cuanto más desagradable, mejor, claro está.
Luego están los momentos cursis y de ensalzamiento de emociones/ sentimientos. Que esto del facebook cada vez se parece más a una borrachera: Por las madres, por los hijos, por las hermanas, por los amigos, por los profesores, por las niñeras,… por el qué dirán.
Y como el coaching está de moda, pues vamos a inundar también el face de citas célebres, de frases de ánimo, de metáforas de la vida, fábulas de esopo, de cuentos con moraleja y con bonito final…
Y no me gusta.
No me gusta porque me siento obligada. Claro que quiero que esa y todas las niñas se curen del cáncer, que se acabe el hambre en el mundo, y, por supuesto, estoy en contra de cualquier pensamiento excluyente y radical.
Pero si dándole a un «me gusta» no arreglamos nada, dándole a 150.000 «me gusta» diferentes menos vamos a solucionar.
Me gustaba la red porque me acercaba a gente que tenía lejos (familia, amigos, compañeros, gente querida de un tiempo lejano,….). Me daba la oportunidad de seguir su día a día, de seguir sintiéndolos cerca de mí en este mundo de locos en el que todos vamos de cabeza.
Pero ahora cuando me asomo encuentro muy poco de ellos y muy mucho de otros.
Estereotipos de emociones compartidos como un robot que no me hacen sentir nada.
Sí, reconozco que fui adicta al facebook.
Pero afortunadamente ya no.

