Lo de soplar velas en agosto tiene su aquel.
En la época del cole, me daba noséqué el hecho de que todo el mundo tuviera su tarta y sus velas y las soplara y repartiera sugus y fuera la prota de la clase por un día… y yo no.
Recuerdo perfectamente el sentimiento de impotencia -aunque entonces no supiera que esa cosa asfixiante se llamaba así- cuando una amiguita (cuyo nombre no se me olvida, pero no voy a decir), no quiso invitarme a su cumple «porque tú nunca me has invitado al tuyo».
Y lo dijo así, con ese reproche acusador que tan bien saben usar los niños.
Me recuerdo justificándome, con los ojos llenos de lágrimas…
«Es que mi cumple es en agosto… «
«Pues lo siento»- respondió. La crueldad infantil no tiene compasión.
De esa dolorosa experiencia, sobreviví gracias al capote que me lanzó mi madre: Conocedora de mi desconsuelo resolvió –las madres son grandes «resolvedoras»-, que a partir de entonces también celebraríamos mi cumpleaños en mi onomástica.
De este modo, San Feliciano (sí, ése es el santo de Japicuin) vino a salvarme, cada 9 de junio, de una infancia cumpleañera traumática y marginal.
Sin embargo, como bien sabéis y no me canso de repetir, todo tiene su lado positivo, y la parte buena del cumpliagosto llegó más tarde, pero llegó:
Las fiestorras de adolescente en La Moncloa compartiendo protagonismo con Cristina y Joaquín.
De aquellas salieron miles de anécdotas, de amores, de riñas, de encuentros, de videos musicales,…
Y gracias a que era en agosto y no en otro mes, estábamos todos y estábamos relajados, despreocupados, morenos, más guapos para salir en las fotos…y en bañador… (Algunas veces hasta incluso sin él… ¡glups!)
Hoy sé bien que aunque en un momento añoré recibir regalos tipo estuches de Hello Kitty, y carpetas de Querido Dios…, mientras yo acumulaba la colección entera de cerámicas y porcelanas de Electrodeportes Garrido, no hay mejor fecha de cumpleaños que la fecha en la que nací.
Gracias por vuestras felicitaciones.
