
Hoy he ido a comprar al pingo doce. Un supermercado que es muy común aquí y que es el que está más cerca de casa.
Últimamente me estoy aficionando a hacer comprar pequeñas según voy necesitando por aquello de no acumular comida que luego se acaba tirando, y también por lo de controlar: Si no tengo comida tentadora, no como entre horas y así no llego como los pavos a Navidad. Vamos, para hacer dieta.
Así que esta mañana he ido con la clara intención de comprar solo lo que hacía falta (=pan de molde). Y el truco para cumplirlo es no coger ni cesta ni carro ni nada.
Una de las ventajas de ser celíaca (haberlas, haylas) es que puedes sortear la zona de dulces exquisitos navideños y otras lindezas sin tener que contener la respiración, pero eso no quita que a veces me llamen desde los expositores otros productos con los que sí me puedo atiborrar: frutos secos (pistachos, ñam), quesos (de todos gustos, formas, tamaños y olores) o patatas fritas lays.
Hubo un tiempo en que viví un romance con los m&m’s. Nos encerrábamos solitos en el cuarto y nos poníamos púos. Bueno: Yo me ponía púa, ellos se dejaban hacer. Pero esa historia se acabó, y además ahora no viene a cuento.
Así que ahí estaba yo con mi autocontrol encendido circulando entre orejones y pasas con nueces y haciéndome la longui con el expositor de los eagles. Se me ha dado fenomenal y solo he cogido de extra unas galletas y unas tortitas para los niños y, orgullosa, me he ido a pagar.
En la cola la gente con sus cestas llenas de chocolates, dulces, espirituosos, carnes, vinos,… Navidad.
Un resoplido se me ha escapado de las entrañas: Veremos a ver cuanto me toca esperar. Y refunfuñando que deberían habilitar, al menos en estas fiestas, una caja para los que llevamos pocas cosas, me he puesto a esperar.
La chica de delante tampoco llevaba cesta. Irá rápido, menos mal. Tenía el pelo un poco enmarañado y recogido en un moño de aquella manera, el tinte desgastado. Mira, como yo.
Y jugueteaba con lo que fuera que iba a comprar.
Cuando estaba cargando el señor que iba delante de ella (¿Pero cómo va a meter en esa bolsa ese pedazo de bacalao?) la chica se ha girado y he visto su compra.
Una naranja.
Solo una.
Nada más.
El descubrimiento me ha sorprendido tanto que me he quedado embobada mirándola: Sus rasgos étnicos, su belleza, su cara un poco sucia, sus ropas, amontonadas una encima de otra: un pantalón, una falda, dos rebecas, un jersey, un poncho y dos bufandas con pelotillas. O algo así.
Me ha mirado y he visto en sus ojos limpios orgullo y paz.
Una mezcla de congoja, ternura, lástima y admiración se me ha amontonado en la garganta. Me han entrado muchas ganas de llorar.
Ella, ajena a todas esas emociones que me ha provocado, ha sacado 15 céntimos de entre su ropa y se ha ido, feliz, a disfrutar de su manjar.
Y yo me he quedado allí, como una idiota, sin atreverme a preguntarle si necesitaba algo más. Con mi paquete de tortitas que no necesito y mis galletas de más.
A mi alrededor el bullicio navideño: las luces, los excesos, los anuncios, el reclamo, el comprar por comprar, las prisas, los carros cargados, los rostros contraídos…
En mi cabeza, la chica del moño deshecho, su sonrisa y su naranja.
Algo se me ha removido dentro: La felicidad no se puede meter en un carro de compra.
¿Cuánto cuesta la mía?
Que tengáis unas felices fiestas.
