
Todas las mañanas, para ir al colegio, pasamos por delante de una joyería, que debe ser bien cara porque hay en la puerta un guardia de seguridad.
Hoy el semáforo nos ha detenido frente a ella, y allí estaba una chica con su uniforme negro y su coleta mirando al vacío, pero sin mirar. Su cara, una mezcla de sueño, hastío y pereza. Con unos ligeros tintes de preocupación. Quizás pensaba en la jornada larga que tenía por delante, puede que le dolieran ya los pies. Tal vez en qué iba a preparar de cena, o cómo iba a afrontar los regalos de navidad si con el sueldo que tiene apenas llega a fin de mes.
Vega en el asiento de atrás ha comenzado a golpear la ventanilla.
Un, dos, tres…
Un, dos, tres…
No se daba cuenta, no sabe, que los cristales tintados impiden que cualquiera desde fuera la pueda ver.
Como se removía en el asiento, y no dejaba de insistir he abierto la ventana.
Ella, siempre pizpireta, ha gritado feliz: ¡Bom día! Arrastrando mucho la i, como hacen los portugueses y agitando su manita con emoción, mientras le dedicaba la mejor de sus sonrisas. Esa sonrisa ingenua y limpia que tiene, tan preciosa, también. (Sí, esto no es pasión de madre, es un hecho objetivo y constatado. Y que se atreva alguien a decirme que no).
La segurata, primero sorprendida y luego divertida, le ha devuelto el saludo. Su rostro se ha iluminado con una sonrisa grande y generosa. Los ojos brillantes, el rictus destensado… y luego me ha mirado y nos hemos reído las dos.
El semáforo ha cambiado y allí se ha quedado. Con la sonrisa medio esbozada y un gesto de satisfacción.
Qué fácil es alegrarle al prójimo un instante. Tendríamos que hacerlo más.
Venga, empiezo yo: Bom día!
