
Siempre quise aprender a tocar la guitarra. Era un propósito eterno que se repetía cada Año Nuevo.
Nunca lo conseguí incluso habiéndolo intentando al menos dos o tres veces.
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Y es que es lo que tenemos las personas de poca voluntad: nos rendimos rápido a la primera vuelta.
Pero ¿cómo iba yo a luchar contra mis dedos «porretones» (adolescencia satisfactoria, que diría aquel) y mis oídos uno en frente del otro?
Así que nunca aprendí a tocar la guitarra.Eso es algo, amigo, tú que me decías hace dos días que puedo con todo, que nunca logré.
Y ahora vuelvo a la rutina después de esta desconexión de más de dos semanas.
Ya no soy tan ambiciosa y mis propósitos van más acorde con mis posibilidades, mi talento, mis ventajas… Y también mis obligaciones.
Y aunque mi lista es reducida observar el propósito desnudo acojona. ¿Y si vuelvo a fallar otra vez?
(Los «ysis» son los peores torturadores de conciencias).
Entrando en pista del nuevo ciclo, me propongo, os propongo, (propósito inesperado) quitarle hierro a todos esos tropiezos:
Que yo nunca aprendí a tocar la guitarra pero siempre podemos jugar a que sé hacerlo y, encima, pasarlo bien.
Felices tropiezos.
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