Una de las cosas que me he propuesto para esta nueva vida que estoy emprendiendo es no juzgar a los demás, y mucho menos con precipitación. Como nunca sabemos qué motivos hay detrás de cada comportamiento, ni los pensamientos, ni las intenciones más profundas del otro, no podemos ponernos en su lugar, así que no estamos capacitados para decir si lo que hace es o no una buena acción.
Esta noche viene mi suegro y esta reflexión viene a cuento precisamente por lo que me pasó con él la primera vez que fui a su casa.
Era la segunda vez que nos veíamos, y cuando nos recogió en el aeropuerto se mostró conmigo todo lo cariñoso que la barrera del idioma le permitía. Al llegar a su casa, sin embargo se bajó del coche con prisa, y sin esperar siquiera a que nos bajáramos se metió en la casa.
«Se está meando»– fue lo primero que pensé soprendida por tal desplante, pero cuando empezamos a descargar las maletas mi cabeza y mi mala leche se dispararon:
«¡Pues vaya qué amabilidad! Ni siquiera me ayuda con las maletas. Será costumbre francesa… Claro, luego dicen de la educación española… Estoy flipando, menuda bienvenida… me parece fatal. A lo mejor es que no le apetece nada que esté aquí. ¡Pues anda que yo tengo unas ganas! Pero que feo, más feo, ¿no? Al menos para su hijo…¡Es que ha salido corriendo! Un poco más y nos deja dentro del coche encerrados. A JS no puedo decirle nada, pero seguro que se ha dado cuenta también… Esto es una buena acogida y lo demás tontería… chucuchuchú, chucuchucuchú…»
Mis pensamientos encendidos me hacían echar humo por las orejas. Mientras medio arrastrando la maleta llegué a la entrada de la casa y esto fue lo que me encontré:
El pobre mío, que no habla ni pizca de español, se había agenciado un diccionario y se había pasado toda la mañana creando este cartel, saltándose así la barrera del idioma, y había salido corriendo del coche para que estuviera colocado cuando yo entrara.
Mis malos pensamientos se esfumaron con la misma velocidad con la que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Me pareció tan tierno, tan entrañable, tan bonito… me llegó tan hondo…
Y esto, que es un detallazo, también es una lección para no olvidar.
No debemos juzgar los actos ajenos tan alegremente. Quien sabe si al torcer la esquina no nos está esperando otro cartel.


Cierto, pero es taaaaaaan difícil no hacerlo… tendremos que intentarlo con más ahínco
Pues tu suegro ha conseguido de nuevo lo mismo que hace unos años contigo, y no me refiero a lo de pensar mal, si no a las lagrimitas en los ojos… QUÉ MONO!!! Si es que al final seré el eslabón perdido de los Marín y no lo sabíamos!!!
Que verdad…