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| Madrid, 19 noviembre 2010 |
Y llegó el día del concierto de Shakira.
No puedo decir el día que tanto llevaba esperando, porque bien sabeis que me enteré de mi asistencia una semana antes, pero sí valdría decir, con ese deje cursi y dramático que tanto me rechifla «ese día con el que tanto había soñado».
Después de muchas cábalas vendría conmigo Nataligud y eso le daba un punto más de emoción al asunto, ya que las obligaciones familiares y los kilómetros que nos separan hacen que cada vez escaseen más nuestros encuentros.
Para los que no la conocen les diré que ella es una de las personas que forman parte de mi vida desde casi el principio y que si me pusiera a agradecerle y homenajearla por todo lo que hemos vivido-padecido-disfrutado juntas, en vez de una entrada tendría que escribir un blog enterito para ella sola.
Habíamos tenido muchas cosas que organizar: ¿Dónde dormimos? ¿Cómo bajamos y subimos? ¿Qué hacemos para que te aprendas todas las canciones de Shakira en tres días y sin librillo? Y sobre todo y lo más importante: ¿QUÉ ROPA NOS VAMOS A PONER?
– Fundamental es que no vayamos vestidas de «madres desfasadas».
– Pero ¿qué se pone una para ir a un concierto?
– ¡Yo que sé! Si al último que fui fue al de Duncan Dhu en la feria de Priego (1990)
– ¿Unos vaqueros?- Me están estrechos o anchos, o cortos o largos.
– ¿Con camiseta así informal? Define camiseta informal ¿No hará mucho frío?
-¿Que nos ponemos encima? ¿Con abrigo se puede ir? Mira yo me compro una cazadora de cuero…
Al final conseguimos ir bastante decentes y apenas se notaba que era nuestra primera salida juntas casi un siglo después.
En la parada estuvimos practicando el waka, waka, mientras llegaba el autobús. Aquello nos recordó nuestros bailes en el pasillo de mi casa de Sevilla, cuando había que estudiar y no teníamos ganas. Las dos, carpeta y libros en mano y culo en pompa desfilábamos de la cocina al salón y vuelta otra vez a la cocina. ¡Con qué poca cosa se puede ser feliz!
Una vez en el autobús -muy finas- hablamos de nuestros hijos y de cómo duermen y de lo que hacen y dejan de hacer. Conversaciones que sólo una madre es capaz de aguantar sin bostezar y que como soy muy buena gente voy a omitir.
Luego una cerveza a la entrada del recinto con Eva y Gonzalo en aquel bar. Y ya por fin, estábamos dentro. El Palacio se iba llenando. Mi Shaki iba a empezar…
…Y, de repente, un murmullo se hace grande, la gente empieza a levantarse… todos miran para nuestro lado,… ¿qué pasa?, ¿quién es?
– Amaia Salamanca – dice uno
– ¡Ah! Pues mira qué bien- respondemos a la vez.
– Que no, que no… ¡que son los Príncipes! Y están ahí delante…
Cuchamiraquetecuentequemevadaunpatatús!
Shakira y Doña Letizia, las dos personas que más me gustaría conocer, y aquí estamos las tres en el mismo barco. Fú, fú, abanícame, a ver si me va a dar un desmayo y me pierdo el concierto, después de todo.
Y se apagó la luz.
Caminando entre el público, vestida con tul rosa de arriba abajo, cantó muy despacito Pienso en ti. Luego se quitó el vestido a lo streaper y siguió con otras más cañeras, me voy a a emocionar, me estoy emocionando… Oye, ¿esto no se oye fatal? – pregunto enfurruñada.- Qué va, canta genial– responde la de al lado. -Sí, pero no se oye nada ¡Si no reconozco ni la canción que es! Menudo coraje ¿Se le habrá roto el micro? ¡Que alguien haga algo, por favor!
Y de repente se acerca al centro del escenario y dice: Tú, tú, tú y tú. Subid conmigo a bailar.
A estas alturas ya sabreis que ninguno de esos «Tues« iba referido a mi YO, claro. Ya me hubiera encargado de pregonarlo si así hubiera sido. Y en ese momento odié estar tan lejos, y a la vez odié a las cuatro que estaban ahí subidas, incluso me fastidió un poco Shakira porque para darle el gusto a cuatro nos estaba poniendo los dientes largos a los demás. ¿Y qué aportaba ese momento verbena de pueblo al espectáculo? Nada.
-Ya lo tengo – le digo a Natalia- esto debe ser que se ha dado cuenta del problema del micro y está improvisando para que lo arreglen*. – ¡Aaaaaaaaah!– dice ella- pues igual.
Y después de eso, todo genial.
Me desgañité cantando las moviditas, las lentas, las en cristiano y las en inglés.
No paré ni siquiera cuando hizo su solo de danza del vientre y estaba el pabellón entero boquiabierto mirándola bailar sin atreverse a mover un músculo para no romper el encanto o no perderse un detalle.
Me encantó Loba, y Loca, y Gordita. Lloré, una vez más, con Underneath your clothes y con Inevitable. Se me pusieron los pelos de punta con Sale el sol. Me diverti muchísimo a ritmo de Las de la Intuición, La tortura, Si te vas y Te dejo Madrid.
Y por supuesto, por supuestísimo, me reencontré, recordé, reviví, disfruté, lloré, reí, grité, susurré, sonreí y sentí todo lo que es posible sentir en 4:26 minutos escuchando Ciega Sordomuda y todo lo que esa canción significa y ha significado para mí.
Y encima, ¡¡¡ el Principe Felipe la estaba bailando delante de mí!!!
La noche no podía ser más redonda. Cuando se fue para luego salir, todo el mundo se giró hacia los principes, entonando «¡Campeones, campeones!» Y fue lo más parecido a ganar el Mundial otra vez.
Como broche final Antes de las seis, Hips don’t lie y Waka, waka.
Y los papelillos volando, y las bengalas, y la sonrisa en los labios.
«Chiquilla, es que esta tía no para. Qué guay»– me dice Natalia
Sí. Qué guay- me digo.
Y me siento feliz.
*Se confirma que el momento paquito chocolatero forma parte del espectáculo y nada tiene que ver con el supuesto problema de micros que mi fino oido y yo detectamos.


jajajaja es que es como si te estuviera viendo mona…!! ayss que disfrutona eres!!
BESOTES!
pd: no sabía lo de los príncipes…que fuerte!
Te hubiera dado mogollón de vergüenza de venir conmigo!! Te imagino, te imagino…