
Si este blog está dedicado a las cosas preciosas que hay en mi vida y por las que merece la pena sonreir, alguno debe estar pensando que tardo mucho en hablar de mis hijos. Y ahí lleva razón.
Por supuesto que mis tres renacuajos son el motivo principal que tengo para seguir adelante cada día, y que una vez se ha tenido un hijo uno no se puede imaginar la vida sin él.
Para los que no son padres se lo resumiré tal y como se lo oí explicar a una madre primeriza: «Podría contarte las cosas malas de mi nueva vida y rápidamente me entenderías. Lo bueno, por más que te cuente, no lo puedes comprender.»
Y es que las noches sin dormir, los desvelos, el cansancio, la preocupación, los dolores,… son cosas que uno se imagina y puede hacerlas suyas con facilidad. Pero el amor inmenso que hace doler el pecho, el orgullo absoluto, la necesidad imperiosa de proteger y la satisfacción que un hijo da, eso sólo lo sabe el que lo tiene. Y no hay más.
Sin embargo, yo hoy no quería hablar de hijos, sino de madres. Hay una frase muy bonita por ahí que dice que uno aprende a ser hijo cuando es padre y a ser padre cuando es abuelo.
No sé yo si mis padres piensan que se me da mejor lo de ser hija ahora que antes, pero desde mi nueva perspectiva yo sí veo lo mucho que les he tenido que hacer sufrir.
En una de nuestras últimas salidas por Madrid antes de que nacieran las niñas, y teniendo yo ya el barrigón bastante prominente nos cruzamos con un montón de gente joven que iba a hacer botellón.
– Ay, JS, a los niños los tenemos que apuntar a algo para que no les guste salir por la noche.
– Niña, ¡qué egoísta!, ¡con todo lo que has salido tú!
– Precisamente por eso…
Y me vino a la memoria aquel miércoles en Sevilla en que mi padre se acercó a mi habitación sobre las diez de la noche y al verme en la cama me dijo:
– Así me gusta, que hoy no salgas y te acuestes pronto.
– Papá – le repuse- voy a dormir la siesta.
No recuerdo bien pero juraría que mi padre abrió la boca para decir algo y no le salió sonido alguno. (¡Mil perdones, papá!)
Total que mucho decirnos cuando seas padre comerás huevos , y lo que veo yo que me voy a comer son las uñas hasta hacerme muñones de tanto sufrir.
Mientras tanto, y para sonreir, aquí os dejo la canción de la madre, que hacía mucho que no escuchaba, y al reencontrármela he llegado a una terrible conclusión: Madre sólo hay una, pero hay que ver lo que nos parecemos entre nosotras.
