Qué gusto controlar la vida o lo poco que de la vida uno puede controlar:
Los armarios, organizados.
La ropa, ordenada.
Las lavadoras, tendidas.
Los cubiertos y los platos, fregados.
Los papeles, archivados.
Las facturas, pagadas.
La ropa de primavera, sacada.
Los abrigos gordos, olvidados.
Las plantas, regadas.
Los niños, duchados, cenados y acostados.
El menú semanal, ideado.
Los modelitos de la semana, seleccionados.
El ejercicio de tele, realizado.
Soy una maruja dosificada. Me gusta el tralará-larita, barro mi casita.
Y lo llevo con orgullo y dignidad.
¡Qué le voy a hacer si no hay nada que más descanse mi vista y mi conciencia que tener la casa medianamente organizada!
Y aunque la llegada de los cuellicortos (como el tío Juan Bravo dice) dificulta esta labor, renuncio a la lectura, las entradas, las series, la música y el baile por tener mi día a día organizado.
Bueno, renuncio si es imprescindible la tarea y se hace inevitable la renuncia.
Que seré una maruja, muy maruja.
Pero bajo control.
